Educación Consciente NIÑOS, Educación Emocional ADULTOS

FRUSTRACIÓN ¿realmente se puede tolerar?

Que levante la mano quien, al pensar en la palabra FRUSTRACIÓN (y recordar su sensación), es capaz de no mirarla con buenos ojos…

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Vivimos la frustración como algo indeseable,  doloroso, a veces destructivo, algo por lo que todos hemos pasado y pasamos a diario, algo que conecta con otras palabras y emociones de nuestro mapa mental como impotencia, rabia, tristeza, fracaso…

Según la RAE, “Frustración” es la acción y efecto de “frustrar”.  “FRUSTRAR”: dejar sin efecto, malograr un intento o privar a alguien de lo que esperaba.

Dejarnos sin… privarnos de… truncar lo esperado…  Difícil mirar a la frustración con buenos ojos ¿no crees?

Durante muchos años he trabajado como psicóloga en escuelas. En todos los proyectos educativos, propuestas pedagógicas, programaciones de aula, se plasma siempre, como un contenido actitudinal indispensable a desarrollar en el alumnado, la “tolerancia a la frustración”. Se habla de procurar pequeños tiempos de espera en la satisfacción de deseos, experiencias cotidianas de “ceder” algo a otro, ayudar a comprender el porqué no se pueden satisfacer algunos deseos cuando los pensamos…

Sobre el papel es más fácil. Cuando tenemos un niño con un locus de control aún muy pobre (básicamente asociado a un cerebro aún inmadura y a una escasa experiencia vital) en plena rabia mortal insistiendo con todo el peso de sus pulmones y de sus manos en que suceda lo que él quiere….ay… la cosa se complica. O somos capaces de ver más allá de la emoción (la nuestra, para empezar) o toda pauta en el papel se quedará siempre corta.

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Perdonad que vuelva a solicitaros: que levante la mano el que TOLERE SENTIRSE FRUSTRADO, por favor.

¿Alguien…?

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Desde hace ya unos cuantos años, la expresión “intolerancia a la frustración” es de dominio público, atravesando las paredes de las consultas de psicología, despachos de filosofía o congresos. Es una expresión que utilizamos con mayor o menor frecuencia para referirnos, tanto a nosotros (“me siento frustrado en mi trabajo”, “esta enfermedad es frustrante”, “es frustrante haberme esforzado tanto para nada”) como para referirnos a nuestros hijos o pareja (“no lleva nada bien que las cosas no salgan como quiere”, “se pone como loco cuando no le doy lo que pide”, “no aguanta que se le diga que no”).

Una vez más, los manuales de crianza, revistas, algunos libros de autoayuda, internet,… nos hablan de cómo podemos intentar ser más tolerantes con la frustración, cómo educar a los niños para que reduzcan su intolerancia al no, etc. Una vez más os animo a dar un paso más allá. Vamos más allá de la mera pauta o remedio contra lo que parece el “catarro de la frustración” (perdonadme la broma).

Si recordáis, hablamos en un post anterior sobre cosas importantes de nuestras emociones que nunca nos enseñaron. Os dejo el link aquí, ya que está muy relacionado con lo que hablaremos a continuación:

https://psiconectamos.com/2017/11/03/emociones-lo-que-no-nos-ensenaron/

Conocer nuestro sistema emocional es saber que no hay emociones negativas (sí, desagradables), que cada emoción nos brinda información útil (de nuestros valores, creencias, motivaciones y dificultades), que somos más que lo pensamos o sentimos en un momento determinado (relatividad, no identificación total) que la emoción surge de forma automática (no puedes “controlarla”) y que tiene una duración (poco a poco se diluye si no nos aferramos a ella, si no la alimentamos con pensamientos rumiativos).

Estas “reglas para entender las emociones” nos van a ayudar ahora a ahondar y mejorar nuestra comprensión acerca de la frustración:

>> Como emoción que es, podemos denominarla correctamente como “emoción desagradable”, que no negativa en nuestra vida. Todos tenemos emociones que nos agradan más y que nos agradan menos, pero todas ellas forman parte de nuestro ser, de nuestro sistema emocional cerebral. Al aceptar este hecho, no chocaremos una y otra vez con la pared del falso “positivismo” (sólo pensar cosas buenas, sólo llenarte de emociones armoniosas, huir de lo desagradable).

>> Intentar comprender porqué nos sentimos así, observando los pensamientos que estamos asociando a esa emoción. Identificarlos nos ayudará a deshacer la “madeja emocional”. Por ejemplo: “pienso que no valgo y por eso no he conseguido lo que quería”, “pienso que otros me ponen la zancadilla frustrando mis propósitos”, “pienso que soy mala madre/mal padre”, “pienso que todo lo malo me pasa a mí”… Localizar estos pensamientos que tenemos cuando nos sentimos frustrados, nos ayudará tener una visión más global sabiendo qué información estamos procesando, de qué tipo es, si quizás es un patrón aprendido de la infancia, si tiene realmente en cuenta varios factores o si nuestro “niño interior” está siendo quizás algo egocéntrico en la interpretación de lo que nos está sucediendo (cuando realmente no todo gira entorno a nosotros como individuos).

>> Por último, un ingrediente indispensable: darle a la palabra “tolerancia” un nuevo significado., que esté más en sintonía con la ACEPTACIÓN que con la RESIGNACIÓN. Tolerar como saber sostener (que no alimentar) la emoción el tiempo prudencial que necesita y dejar que poco a poco se disuelva, sin presionarnos ni sentirnos culpables una y otra vez, maldiciendo nuestra suerte o nuestra incapacidad. Tolerar como aceptar que los seres humanos tenemos emociones de frustración porque tenemos deseos, motivaciones, esfuerzo… que no siempre, lógicamente, puede verse satisfecho. Tolerar como entender que no podemos controlarlo absolutamente todo.

Una vez ahondado en qué es la frustración y qué nos estamos exigiendo (o exigiendo a otros) al pedir más “tolerancia a la frustración”, os invito a que, ahora sí, levantéis la mano los que vais a intentar ser más tolerantes con vuestras emociones, también con la de la frustración.joy-2483926_960_720

Recordad que la educación emocional se aprende, poco a poco, como se aprende a leer o a escribir. Como cuando aprendimos a leer, hay que conocer algunas reglas y PRACTICAR. Tolerar, aceptar, las emociones (propias y ajenas) no significa aceptar comportamientos inadecuados o dañinos. Diferenciemos siempre entre EMOCIÓN y ACCIÓN.

Para que esa emoción no se traduzca casi automáticamente, como una prisionera, en una mala acción sin vuelta atrás, acéptala primero, valídala y dale un tiempo.

Sólo así, tras invitarle a un café, podremos acompañarla amablemente hacia la puerta de salida. (Frase magnífica extraída del libro”Mindfulness para Niños”, de Paloma Sainz Vara de Rey)

Sólo aceptando la realidad, podemos dejar de combatirla y de intentar a veces hasta negarla o hacerla desaparecer.

Todos y cada uno de nosotros guardamos un sabio en nuestro interior que va a saber qué hacer después de la tormenta. No lo acallemos una y otra y otra vez con el ruido de nuestros pensamientos y el imperioso deseo de la inmediatez. Sólo un minuto a solas (bueno…o cinco, o diez) respirando y aceptando lo que sientes en ese momento (ni siquiera aceptando la situación, sino tu emoción)… Y podrás ver, poco a poco, qué es lo que pasa.

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