Mindfulness

Mindfulness. No te relajes.

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Oigo con frecuencia que algunas personas de mi entorno “van a Mindfulness” y “les relaja mucho”.

“Qué bien me sienta… además ponen musiquita, y te tumbas en la esterilla…uy salgo como nueva/o”.

Es fabuloso que estemos considerando la necesidad de encontrar un tiempo para parar y “cuidarnos” en nuestras apretadas agendas. La práctica de mindfulness es cada vez más conocida, al menos, mas oída. Peeeero, no consiste en relajarse, ni en emplear una esterilla o poner música relajante.

Vamos a detenernos unas líneas para hablar de esta práctica conocida y desconocida al mismo tiempo, y en qué difiere de otras prácticas.

Las técnicas de relajación son prácticas conocidas casi por todo el mundo: ciertos estiramientos, visualización de zonas del cuerpo, distensiones, visualizaciones de espacios de calma, ejercicios de respiración abdominal…

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Todas esas prácticas son valiosas. A día de hoy, además siguen formando parte de diferentes abordajes: médicos, psicológicos,… Seguimos enseñando prácticas de relajación para reducir determinados síntomas (no trastornos, desde luego) relacionados con la ansiedad, la depresión, la obsesión, por ejemplo.

Desde otro enfoque, el Yoga, popularizado y extensamente practicado ya en occidente, se acerca también a esa relajación anhelada a través de una determinada tonificación y estiramiento de la musculatura corporal, así como de ejercicios de respiración.people-2573216_960_720[1]

Tanto el Yoga, como las técnicas que se muestran en consulta para la relajación, hacen hincapié en una cuestión importante que debería ir más allá de una forma de respirar o de mover el cuerpo: la CONEXIÓN. Conectarnos con nuestro cuerpo, con el estado de nuestra respiración, con la forma en la que podemos detectar en nuestro cuerpo las tensiones del día a día, las emociones…

La práctica de Mindfulness, si bien comparte con las anteriores prácticas mencionadas la relevancia de la “conexión”, tiene un rasgo diferenciador que me gusta subrayar: su objetivo no es tonificar, ni relajar ni aprender a respirar. Tampoco hay que sentarse o tumbarse de forma especial para practicar, incluso puedes hacerlo dentro o fuera de casa, lavando los platos o paseando…

Es probable que tras un ejercicio de mindfulness puedas encontrarte incluso “revuelto”, o con dudas nuevas, cierta inquietud… Podría decirse que sí se da una cierta relajación pero también se activan otros circuitos al mismo tiempo. No es relajación lo que se procura con su práctica, aunque muchas veces sí se obtiene un estado de bienestar que quizás confundimos con “relajación”.

Practicar Mindfulness se asemeja más a ir al gimnasio: al gimnasio de la atención. Es un impresionante entrenamiento para nuestra capacidad de atención, de empatía, de compasión, de juicio,  de reflexión…

Como ya os he comentado en otras entradas, o podéis descubrir fácilmente en internet cuando buscamos su definición, Mindfulness es la práctica de una atención plena e intencionada al momento presente, aceptando lo que va apareciendo y sin juzgar.

Los que hayáis intentado realizar esta práctica alguna vez (o si recordáis vuestros inicios en ella) habréis experimentado lo difícil que puede resultar. Tanto que muchas veces tendemos a acabar y enjuiciar (como hacemos con tantos otros aspectos costosos de nuestra vida): “esto no es para mí”, “esto no me está ayudando”, “esto es un rollo”…

Verdaderamente, es una práctica que puede parecer difícil y estéril, pero cuando observamos a los niños, por ejemplo, vuelve a surgirnos la duda: ¿es tan difícil?

Los niños (y todos lo fuimos) saben prestar esa atención plena aceptante, es natural para ellos vivir en el presente sin juzgarse severamente y sin pensar mucho en el mañana.

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Con la edad, vamos perdiendo esta magnífica cualidad por varias razones: nuestro cerebro se vuelve más complejo y es capaz de anticipar y recordar más, preveer, imaginar, etc.  Esas funciones superiores que podrían considerarse valiosas y adaptativas, suelen volverse en nuestra contra por el ritmo frenético en el que estamos inmersos: la multitarea, la anticipación, la competición, las presiones que aparecen por todos lados, la concepción del tiempo y de la eficacia,…. Son ingredientes que nos empujan a funcionar cada vez más “en PILOTO AUTOMÁTICO”.

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Una mente más consciente se hace cada vez más urgente: es importantísimo que re-aprendamos a darnos cuenta: de lo que hacemos, porqué lo hacemos, decidir antes de actuar en función de lo que nos hace bien, darnos más cuenta de lo que quiere transmitirme mi hijo o mi pareja o mi madre, o mi cuerpo… Darnos más cuenta de nuestra vida, adueñarnos de ella.

Cuando vamos en piloto automático, atendemos (eso sí, superficialmente) a millones de estímulos. Y dejamos que nuestra mente y nuestras emociones vaguen del pasado al futuro y vuelta a empezar (lo que me hizo…..lo que me gustaría hacer, lo que pasó….lo que me va a pasar….).

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Practicar mindfulness es aprender, como si fuésemos otra vez niños, a observar plenamente y sin tantas etiquetas o miedos. Observar de frente lo que pensamos y sentimos y aceptarlo para intentar, si así lo deseamos, gestionarlo de formas nuevas y en consonancia con lo que realmente queremos. En definitiva, conectarnos de una forma más amable y realista con nosotros mismos en lugar de dejarnos llevar por la inercia, ya que somos los responsables únicos de nuestro bienestar.

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Bueno, puede que mindfulness no sea relajante. Puede que al principio cueste. Puede que cueste un poco siempre, el resto de la vida. Puede que a veces practiquemos más….o que olvidemos hacerlo durante semanas o meses… que volvamos… Al final es una capacidad que todos tenemos ya en nuestro cerebro, siempre estará ahí para cuando queramos conectar de nuevo.

No necesitas invitación, pero sí una condición indispensable: atiende y no juzgues; pasa y observa. Conecta.

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